Mi mundo es un basto colchón dentro de cuatro paredes, posado sobre una estructura de madera, eso soy yo. Mis ganas esparcidas por el aire y mi desgano descansando en el colchón. No tengo fuerza para pararme, porque hay algo que no me deja, y ese algo soy yo.
A veces juego a dejar de respirar por un momento, lo más que aguante. Es divertido como mis pulmones no quieren morir, y como mi corazón patea para que entre aire que sane. Y después, de no aguantar más, abrir la boca, aspirar por la nariz, bocanadas de aire salado y dulce. Repito el proceso muchas veces, y suele dolerme la cabeza. Tengo la asquerosa sospecha de que eso se siente morir, pataleas por aire pero nada entra para refrescarte y revivirte.
Tengo juegos más sádicos, planteo formas de morir, morir por asfixia es una, ahogada es otra. Pero sin dudas, mi favorita, es la muerte natural, porque me gusta la parte de natural. Que sea natural implica muchas cosas, que sea natural significa que llegó porque es el momento, porque debe ser así. Que sea natural es que esta aceptada total o parcialmente. Entonces, para jugar a la muerte natural, me acuesto en mi cama, como si estuviese en un ataúd. Y dejo de sentir, ordeno a mi cuerpo olvidarse de que existen manos, pies, dedos, articulaciones, sentidos y demás. Por ende no siento ni las manos, ni los pies con sus dedos, no escucho ni veo, tampoco hablo. Sería algo extraño que un muerto hable.
Y así, es como, muriendo naturalmente, esas ataduras que no me dejaban pararme y esa fuerza que no tenía, desaparecen, dejando a la muerta yo, libre y con muchas, muchas fuerzas.
Que lindo es hablar de morir. Que lindo es hablar de morir naturalmente.

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