Mamá y papá nunca pueden entender lo que me está pasando.
Desde mi cuadrado personal inmaculadamente blanco, apretada por las sábanas contra la cama, moverse es tan difícil. Me estoy muriendo y la habitación está llena de agua, hasta el techo, pero nadie lo ve, me tapó el agua. Busqué una solución bastante imperfecta frente a un espejo que solo refleja lo malo del cuerpo, escuche la voz ampliada subiendo a pasos largos por la escalera diciendo '¿Vos solo me contestas mal a mi?' Quizás no lo estaba preguntando, quizás lo estaba afirmando, que se yo. Y ahí me sentí enfermar. El estómago se me dio vuelta como una bolsa, el frío se me pegaba a los huesos, porque ya no me queda mucha piel. La fuerza con la cual antes estaba aferrada a la cama ahora se sentía como alambres de púas cortarme la sed. El demonio engalanado se aparece a mi lado y con un dedo me toca el ojo y me acaricia las mejillas con agua bendita, me promete regalarme otro infierno rojo y carente de sueño, abrumado por el odio y vacío de contemplación, con almas a la deriva y juegos de perdición. Esquemas tan contemporáneos de basta drogadicción, soluciones ácidas a un problema mayor, lastimaduras abiertas rebosantes de dulzor. Sentada en una silla, con la espalda doblada y la columna al raz de la luna, me enderecé y brindé a mi suerte, los ojos fugaces de tu enemigo, la sangre agria que se hace añicos, los fantasmas que juegan como hombres, los ojos ciegos bien abiertos, las manos blancas paralizadas, la sombra aferrada al que estaba vivo y el sueño que se te prende vivo, todo se desfiguró.
Ahora recordé que estaba viva, respirando el cianuro, que podía contar con los dedos de las manos los días, y que las paredes aún no estaban podridas, que el cielo no era negro y que los ángeles seguían en su vuelo, que el infierno ardía a llama viva, que el piso estaba lleno de cenizas y que la vida seguía escondida. Que sádicamente el juego que venía jugando se convirtió en rutina y que olvidé que era una simple ficha, que era carne de cañón para otras codicias y que el sufrimiento era una caricia. Agarré a manotazos todas las agujas y una por una me las clavé en la piel, para vaciarme un poco de la mierda que me corre por las venas, vomité como pude la sangre espesa y totalmente negra, lloré acurrucada en la esquina del baño y le hablaba a satanás para que nunca más me moje el alma en alcohol.
Arañé los vidrios en busca de algo más impredecible que el destino, revolví la basura por una causa perdida, toqué la inmundicia personificada, miré a los ojos a la muerte encadenada, privada de derechos, galante de su propia muerte bien aventurada. Soñé canciones para un juicio insano, escribí las paredes rezando en vano y miré hacia arriba para ver si hay droga escondida, me arranqué la piel y eché sal en la herida. Grité, lloré, maldecí, me tiré del pelo, vomité y creí que volví a nacer.
Pero simplemente era la misma mierda con distinto olor a muerte.
Desde mi cuadrado personal inmaculadamente blanco, apretada por las sábanas contra la cama, moverse es tan difícil. Me estoy muriendo y la habitación está llena de agua, hasta el techo, pero nadie lo ve, me tapó el agua. Busqué una solución bastante imperfecta frente a un espejo que solo refleja lo malo del cuerpo, escuche la voz ampliada subiendo a pasos largos por la escalera diciendo '¿Vos solo me contestas mal a mi?' Quizás no lo estaba preguntando, quizás lo estaba afirmando, que se yo. Y ahí me sentí enfermar. El estómago se me dio vuelta como una bolsa, el frío se me pegaba a los huesos, porque ya no me queda mucha piel. La fuerza con la cual antes estaba aferrada a la cama ahora se sentía como alambres de púas cortarme la sed. El demonio engalanado se aparece a mi lado y con un dedo me toca el ojo y me acaricia las mejillas con agua bendita, me promete regalarme otro infierno rojo y carente de sueño, abrumado por el odio y vacío de contemplación, con almas a la deriva y juegos de perdición. Esquemas tan contemporáneos de basta drogadicción, soluciones ácidas a un problema mayor, lastimaduras abiertas rebosantes de dulzor. Sentada en una silla, con la espalda doblada y la columna al raz de la luna, me enderecé y brindé a mi suerte, los ojos fugaces de tu enemigo, la sangre agria que se hace añicos, los fantasmas que juegan como hombres, los ojos ciegos bien abiertos, las manos blancas paralizadas, la sombra aferrada al que estaba vivo y el sueño que se te prende vivo, todo se desfiguró.
Ahora recordé que estaba viva, respirando el cianuro, que podía contar con los dedos de las manos los días, y que las paredes aún no estaban podridas, que el cielo no era negro y que los ángeles seguían en su vuelo, que el infierno ardía a llama viva, que el piso estaba lleno de cenizas y que la vida seguía escondida. Que sádicamente el juego que venía jugando se convirtió en rutina y que olvidé que era una simple ficha, que era carne de cañón para otras codicias y que el sufrimiento era una caricia. Agarré a manotazos todas las agujas y una por una me las clavé en la piel, para vaciarme un poco de la mierda que me corre por las venas, vomité como pude la sangre espesa y totalmente negra, lloré acurrucada en la esquina del baño y le hablaba a satanás para que nunca más me moje el alma en alcohol.
Arañé los vidrios en busca de algo más impredecible que el destino, revolví la basura por una causa perdida, toqué la inmundicia personificada, miré a los ojos a la muerte encadenada, privada de derechos, galante de su propia muerte bien aventurada. Soñé canciones para un juicio insano, escribí las paredes rezando en vano y miré hacia arriba para ver si hay droga escondida, me arranqué la piel y eché sal en la herida. Grité, lloré, maldecí, me tiré del pelo, vomité y creí que volví a nacer.
Pero simplemente era la misma mierda con distinto olor a muerte.
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