Soy tan dulce y a la vez tan perversa, siempre hablo de morir, piso los pasos de mi propia desdicha y me hago amiga de mi monotonía, busco placeres y vicios aún más enfermos que vivir, le robo al sol un poco de vida y la reemplazo por la mía que ya se dió por vencida. Cuelgo los brazos cual crucificado y me veo desangrar, los clavos en mis manos no hacen más que adornar la fragilidad de la muerte y su azahar, que desdichada en el altar, llorando metal, me viene a buscar, vestida de negro y sin hablar. Me acaricia las yagas y clava vidrios entre las costillas deshechas, dibuja con sangre mi vida mortal que abandoné para así esperar por algo mejor y más natural. Traicionera me deja, aguantando la pena, sintiendo la carne romperse en la madera, los clavos me rompen los mármoles, la sangre me mancha el panorama deforme. Dibujo una sonrisa podrida, la mirada perdida que busca encontrar el par de ases que la hagan ganar. Las pupilas abiertas, trabadas y dolorosas, graban mi vida y la hacen odiosa porque pequeña desdicha de tener la vista, y poco el placer de poder ver un mundo tan colorido y vacío, falto de vida y de conocimientos, imaginado y hecho a puro consentimiento del hombre, rozando lo imperfecto y básicamente escueto. Tanto valor a algo tan mundano y sucio, tanto desperdicio de vida, que acumulada en la basura se vuelve nada más que mierda podrida, gusanos drogadictos de tejido, y putrefacción como amigo codiciado, madera barata, y poco maquillaje para tan mundano viaje.
Que tan miserable se vuelve la muerte, al lado de algo tan importante como es el arte de vivir. Que sobre valorada está la vida y que tan perdida y olvidada está la muerte en el altar.
Que tan miserable se vuelve la muerte, al lado de algo tan importante como es el arte de vivir. Que sobre valorada está la vida y que tan perdida y olvidada está la muerte en el altar.
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