Espejito, espejito, dime..¿Qué ves?
A la reina de la manía, yaciendo muerta otra vez.
Preparo mi ritual, con el cuerpo lastimado de tanto llorar, me abandonaron las ganas, pasaron al más allá. En donde el tiempo reposa sin descansar ubico mi piedad. Tirada en el piso, sin fuerza para continuar, con una mano busco el filo de mi reciprocidad, lo rozo pero no lo alcanzo, entonces me intento girar pero la muerte me aferra a su mediocridad. Con los ojos infectados de vanalidad, recuerdo que de mi cuello cuelga la piedad, me desato la cadena que me asfixia y la uso para liberar a un monstruo sediento de heridas. La puerta trabada, la canilla abierta, el agua corriendo, la transparencia, la luz por la ventana, el techo blanco, las paredes frías, el piso helado y un cadáver respirando en medio del cuarto. El silencio pausado, como si yo estuviera esperando un susurro a mi lado que me diga 'empezalo y terminalo' , estoy sola en mi ritual no tan sensato. No quiero mirar, quiero que se produzca tan al azar para después no poderme quejar, que no tenga un patrón, ni un nacimiento que salió del corazón. Pero tampoco corazón no me queda, cuando vió que se aproximaba la tormenta, tomó pastillas y se ocultó en la decencia. Es difícil empezar, porque te descontrolas, te dejas llevar, te hincas ante tu demonio personal, que te pega y te ata para no parar. Entonces después de primerizar en la situación racional, hago dibujos permanentes en mi yo mortal, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, vertical, horizontal, diagonal, uno al lado del otro. ¡Y te vas tiñendo! Nace la vida de esas líneas, sabes que estas vivo, lo estas viendo. Con un poco de fuerza me ubico en posición fetal, las montañas en mi columna se hacen notar, encuentro mi mirada en el espejo, lo acomodo para verme bien. Despeinada, sangrando, acongojada, blanca, con las pupilas dilatadas, tirada en el piso. Me abrazo un poquito, y después, la sangre seca que ya murió la limpio con otro tramo de dolor.
Terminé, esta vez casi sin llorar.
A la reina de la manía, yaciendo muerta otra vez.
Preparo mi ritual, con el cuerpo lastimado de tanto llorar, me abandonaron las ganas, pasaron al más allá. En donde el tiempo reposa sin descansar ubico mi piedad. Tirada en el piso, sin fuerza para continuar, con una mano busco el filo de mi reciprocidad, lo rozo pero no lo alcanzo, entonces me intento girar pero la muerte me aferra a su mediocridad. Con los ojos infectados de vanalidad, recuerdo que de mi cuello cuelga la piedad, me desato la cadena que me asfixia y la uso para liberar a un monstruo sediento de heridas. La puerta trabada, la canilla abierta, el agua corriendo, la transparencia, la luz por la ventana, el techo blanco, las paredes frías, el piso helado y un cadáver respirando en medio del cuarto. El silencio pausado, como si yo estuviera esperando un susurro a mi lado que me diga 'empezalo y terminalo' , estoy sola en mi ritual no tan sensato. No quiero mirar, quiero que se produzca tan al azar para después no poderme quejar, que no tenga un patrón, ni un nacimiento que salió del corazón. Pero tampoco corazón no me queda, cuando vió que se aproximaba la tormenta, tomó pastillas y se ocultó en la decencia. Es difícil empezar, porque te descontrolas, te dejas llevar, te hincas ante tu demonio personal, que te pega y te ata para no parar. Entonces después de primerizar en la situación racional, hago dibujos permanentes en mi yo mortal, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, vertical, horizontal, diagonal, uno al lado del otro. ¡Y te vas tiñendo! Nace la vida de esas líneas, sabes que estas vivo, lo estas viendo. Con un poco de fuerza me ubico en posición fetal, las montañas en mi columna se hacen notar, encuentro mi mirada en el espejo, lo acomodo para verme bien. Despeinada, sangrando, acongojada, blanca, con las pupilas dilatadas, tirada en el piso. Me abrazo un poquito, y después, la sangre seca que ya murió la limpio con otro tramo de dolor.
Terminé, esta vez casi sin llorar.
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