miércoles, 13 de noviembre de 2013

Dada vuelta.

Alguien mezcló mis pastillas. Yo quisiera tener Rivotril para vivir, Solpidem para dormir, Zoloft para sonreír y sangre para morir.
Me lastimo donde duermo y duermo donde miento, ahora me estoy hundiendo pero no hay nadie que me rescate del invierno cruelmente deshecho y convertido en rojo infierno. Sentada en una silla, sin saber porqué, rendida a la espera de saber quien puedo llegar a ser, liberando mis demonios con parsimonia enferma y rebosante de caridad barata, amasada por las reglas de la saciedad. Con disimulada atención y casi por obligación, la respiración continua que me obligaba a vivir, se retira de la habitación y da lugar al síntoma de la desesperación, manotazos de aire para calmar el dolor. Si no me ahogara, quizás podría sonreír y así, evitarme el maldito sosiego de intentar dormir. Sentada en la silla, sin los pies apoyados en la tierra, la sangre me sale de la nariz anunciando el suicidio de mi cerebro. ¿Estás grabando? Si.
Mis ojos absorben como dos agujeros negros la realidad convertida en un concepto alterno, las almas reposan en silencio en una sala de espera que muy pronto se convertirá en el sustento de las mentiras incluidas en esta vida de cuento. Como si realmente se pudiera escapar, nos encerraron en la cueva del lobo y tiraron la llave. Una caperucita drogadicta tirada en la esquina se ríe para no llorar, un lobo ultrajado y auto-destructivo se persigue la cola intentando calmar su temor al más allá pero infinitamente sabe que de la muerte no se va a salvar, porque desde hace mucho tiempo, es ella la que controla ese lugar. Y aún así, yo creía que podría ser algo más, un reencuentro ajeno entre tanta soledad, canté victoria por adelantado y mi castigo fue ser condenada a arruinar todo lo que hago. No queda nada más importante que aceptar condicionalmente esta especie de libertad condenada a un ambiente, más allá de cualquier sentimiento de abandono, más allá de cualquier deseo de continuar. Juntar todos nuestros pedazos de vida, no intentar remediar la enfermedad mortal que nos intenta matar, solamente depositar la esperanza que nace con nosotros en nuestro primer respiro y tirarla a la basura, porque ahí es donde siempre ha pertenecido.
Y mis ojos rojos, sangran, porque tuve una noche muy cruel, durmiendo en el piso bañado de vidrios, me despierto antes que el amanecer. Invitaría a mi noche de plegarias, a todos mis sueños desbordados de rabia, que ausentes y cansados, me abandonaron al rato de haber empezado con tal macabro acto, como si premeditadamente hubieran acordado odiarme e inculparme por relacionarme conmigo misma de esa manera tan cruel y despiadada. En la tele, el ruido se condensa en una imagen eficaz, de sobredosis de alcohol, drogas y algo más, lo blanco se tiñe de negro y mi sangre decanta en el fondo de mi cuerpo. Basta ya de vicios, que el ritual se acaba y tu droga mal manipulada no te va a sostener por mucho tiempo , te va empujando al límite del cielo y el infierno. Maniática drogadicta, hija de la heroína, aspirando tus fantasmas no te vas a salvar, la muerte se encarga de dejarte tirada y reventada, con una bala en el alma. Y si, estás tan vacía, tu corazón hace eco dentro de tu cuerpo y tu aliento no es más que la premonición a un fin tan roto y sediento de verte corromper los esquemas del silencio. Es tu turno de comprometerte con la tortura racional. Prometi que no iba a llorar por aquello que ya no vale la pena cambiar, pero acá estoy otra vez, deseando arrancarme a golpes las lágrimas de la ponzoñez y tal vez, solo tal vez, cambiar mis ojos por dos clavos hundidos en la piel. Me quema tanto sentir el dolor bajando por mi cara, es un ácido natural que me carcome infinitamente el ser y el no ser. Eventualmente caí en la tentación de preguntarme que comprendía el ser y que excluía el no ser, su forma más adyacente la encontré en el suicidio una y otra vez. 

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