lunes, 11 de noviembre de 2013

Nec spe, nec metu

Erraticamente, muchas veces me tocó perder y otras ganar. Pero siempre escondí mi mejor artilugio voraz, premeditadamente, hay un factor que hace que todo siempre tome la misma forma y el mismo color. Indiscutiblemente cuando elijo, puedo oír las opciones susurradas al oído, siendo el títere de alguien mas. Intenté millones de veces el intentar, y perdí porque realmente no lo supe manejar, es decir, esa yo que era ciega, sorda y muda, no pudo pegarle a la vida y hacer justicia. Y como si fuera poco, escuchaba la risa de la maldita codicia, que desaparecía una vez más. Entonces, parada en medio de la nada, prestando atención a la cósmica realidad, probando un poco del cielo y un poco del infierno, lamiéndome el dedo...encontré eso que andaba buscando pero que no quería encontrar. Ocupándome el alma tal vez, rompiéndomela a pedazos quizás, arañando intentando agujerear para que la luz pueda carcomer la soledad, pero no. Aquella vigilante de mirada perdida no hacía nada más que alargar la espera, aprovisionando y atando la idea de no regresar nunca más. El agua nació para correr, el fuego para quemar, el viento para susurrar y la vida para callar. Ahogué al agua, quemé al fuego, callé al viento y maté a la vida. Borre con la mano esas imágenes paganas que lo único que hacían era perturbarme la cabeza, mi cajita de ideas.
A veces, desearía olvidar, olvidar todo lo que no sé y olvidar lo que podría casualmente saber, desconectarme esa fuente inagotable de pensamiento constante, perturbadora y amante de lacerarme. Recordar lo olvidado, ser pariente de un recuerdo lejano, un nombre en el aire que nadie oyó nombrar, una enfermedad erradicada que siniestramente dejo vidas pendientes sin cobrar. Una condenada en el infierno, vagando por el cielo con los pies en el techo, nunca existió placer tan terrenal como sacarse la capa que contiene a la sangre proveniente de la maldad. Con los pies descalzos, caminando sobre un terreno de clavos, tocándome los huesos y acariciandolos, bebiendo de esa droga tan letal, anulándome la respiración, jugando a muerta estoy.
Me invitaron a bailar sola en la oscuridad, quieta y serena, al borde de la demencia, tarareando algún quejido emocional. Casi anoréxica, sentada en la mesa, mirando lo que convencionalmente me mantendría viva físicamente, aún sin masticar, aún sin pensar, se que eso me va a matar. Me propongo pecar en el terreno de Satanás, así ni por ad honorem me condenan al paraíso, los demonios me clavan alfileres en los ojos vidriosos, para hacerme llorar.
En algunas ocasiones me tocó ganar, erraticamente prefería abandonar. Guardarme herméticamente en algún lugar, no tan lejano de la soledad, para hacerme compañía mientras no paro de rezar, para curarme las heridas con un poco de maldad, para calmarme cuando ya no pueda llorar, ni sangrar porque la vida que me corría por las venas se cansó de mi cotidianidad.
Tomando lavandina para blanquear mi mediocridad. ¡Suicidate una vez más! sin esperanza, sin miedo.

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