La tele prendida, yo como espectador, y todos comiendo como si no hubiera otro hoy.
Apenas me puedo sentar, porque la piel me quema como si le echaran sal, la mueca de disgusto no tiene espacio en mi cara, no se pueden enterar. Hablan y comentan, intentan hacer flotar a esta barca que se hunde, llamada familia voraz. Y yo miro.
¿Sabes? soy buena para evitar. Simulo comer, los miro delicadamente a cada uno, vomitaría del placer. Me revuelvo el pelo, demostrando interés, comento, señalo algunos puntos inflexibles de la conversación. Pero la realidad es que estoy pensando en morir. Morir no violentamente, o quizás si, morir súbitamente o lentamente, pero morir al fin. Que la vida agraciada me conceda en esta ocasión el bello don de la predicción, que la muerte se presente a mi izquierda como buen trabajador. Pero no. En realidad todos los comensales nos odiamos, los unos a los otros, yo me odio a mi, muy violentamente. Cada día me pierdo más, me voy consumiendo un tanto más. Debo tomar decisiones extremas por acciones tomadas a la ligera.

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