Una galletita de agua.
Una galletita de agua pesa diez gramos y posee cuarenta y cinco calorías. Suponiendo que consumimos diez galletitas, es decir, cien gramos, incorporamos cuatrocientas cincuenta calorías. Un kilo de grasa corporal ronda las siete mil setecientas calorías, bajar un kilo es un infierno.
Un infierno donde al amanecer nos sirven cuchillos para masticar, y el estómago convaleciente implora por algo de comida sin ponzoña. El plato del mediodía no es de variar, fotos de huesos limpios y blancos, hechos de mármol. Nos salteamos la merienda porque decidimos soñar, en las camas de espinas que nos prepara Satanás delicadamente y con un poco de maldad. La cena vacía de emociones y quizás algo más, escondido debajo de la mesa esperando para atacar. Como si nos quedara carne para masticar.
Es inmensa la saciedad, inmensa las ganas de llorar cuando no puedo avanzar, inmenso el odio al saber que pecamos masticando una vez más. Nos castigamos con el dolor de la sangre cuando nos cortamos con el filo del rencor, despegando la tela de la sangre seca y mirando el despertador. Nos mutilamos y nos decoramos. Y si tenemos oportunidad, no comer, no alimentar a ese monstruo que nos quiere ver llorar frente al espejo que nos revela que hay que asesinar. Antes de dormir, intentando despejar nuestro cielo constantemente nublado, el ardor de las llamas del infierno se presenta en nuestro cuerpo y templo. Incendiando todo a su paso, iniciando el llanto. Nos refugiamos en posición fetal, abrazando al dolor y a las ganas de llorar, lamentando haber fallado una vez más. Los gusanos nos lamen las heridas, invocando a la infección ocasional.
Somos como nubes en el infierno, nos evaporamos y renacemos pero, el verdadero reto es perderle el miedo a la balanza del averno.
Cincuenta y uno, 51 kilogramos.
Cuarenta y cinco, 45 kilogramos.
Seis, 6 kilómetros para ganarme el cielo de los muertos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario