¿Quién hubiera pensado qué ibas a volver?
Si no tuvieras tanto miedo, no te ocultarías atrás de la pared. Se huele tu rigidez.
Nunca fui de esas que tocan la puerta dos veces antes de entrar, ni de esas que avisan que quieren llorar. Tal vez, podría creer que la sangre era en realidad el mejor dulce sabor de la navidad, ¿No? O que todos los secretos que até a las mariposas, que salieron a volar, tan solo eran polillas cansadas de no poder soñar. Tengo permiso de beber del vino agrio lleno de maldad, llegalmente corrompible y divertidamente aburrida para la sociedad marginal. Cuando me quede sin alambre para atarme los huesos que se me caen, cuando me quede sin pintura para tapar las manchas que deje mientras me arrancaba el corazón, ahí voy a dejar de respirar.
¿Alguna vez soñaste con masticar un poco de azul clarito?
Ese deber se lo dejo a quienes pueden y comprenden lo que tienen que hacer, no soy quien para robar esa parte poco pero muy emocional de poder respirar. Incluso, siendo la reencarnación de la pobreza emocional, no lo aceptaría como regalo de alguien más. No suelo mendigar, como las migajas de pan que las palomas no quieren abordar. Ojalá no me hubiera prometido la inmortalidad, pero dejé las esquirlas de vidrio dentro de mis dedos como recuerdo de que me gustaba jugar en tierra de nadie sin alguien más.
Un poco de hollín en los ojos por no dormir, escamas de muerte en la boca por no comer, montes empinados debajo de la piel por huesos hincados al amanecer. ¿Jugarías a manchar tus ojos con sangre de alguien perdido en la soledad? Claro que no, nadie se sacrificó por otro perro en la lluvia que esta muriendo de dolor, que con las patas quebradas y una herida en el corazón, agachó la cabeza rogando por favor. Nadie mira dos veces al mismo pobre en el cordón. Nadie da dos monedas de oro a un gato negro sin razón.
Bañada en obstinación, compré algunos caramelos para borrar el gusto amargo que tengo en el corazón pero lo dulce solo se resguardó en la boca del lobo que nunca murió. Y si el polvo fuese nieve, y si yo fuese un ángel que tropezó y cayó del paraíso que Dios le regaló, todo sería más facil que aprender a caminar. Pero el polvo sigue siendo suciedad, y yo sigo siendo suciedad, que ni ante el más mínimo contacto pretende abandonar su posición de letargo y vagancia pluriemocional. Me impongo ante mi piel, una, dos y tres cachetadas como lo solía hacer papá. Una por contestar, dos por llorar y tres por no aguantar.
No contestes, no llores, aguantá.
¡Te dije que no llores! Pero igual lloras agua para el desierto de tu marginalidad.
Como me gritó papá: Vos sos una puta que no se merece nada.
Soy una puta que no se merece respirar.
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