miércoles, 1 de enero de 2014

Dios es empleado y yo su empleador.

Aprendí a arañar las paredes para reencontrarme en el más allá. Herví litros de agua para bañarme gritando piedad, para que me queme el no poder hablar. Bailo con los pies lastimados de tanto andar sobre vidrios dorados, percutidos por la tierra que me crió para después soltarme la mano.
Cuento las promesas mientras miro por la ventana, desesperadamente quiero jugar a ser el peón suicida del tablero con alguien más. Puse pausa a la creación de algo más siniestro que mi propio yo y canto junto al llanto del ventilador. Alguna vez paramos de soñar para dedicarnos a mejorar nuestro futuro que no nacerá, ni olerá la libertad, un aborto espontáneo. Dios se mantiene muy ocupado en su oficina, jugando al golf y quizás a la ruleta, apostando humanos inherentes, mutilando pasiones ausentes. Dios me da la espalda cuando Satanás me da la mano, me empuja cuando necesito erguirme para seguir gritando.

Y es ahí cuando entendí que de mi nariz surgían las raíces del dolor. El árbol rojo en medio del lago primaveral, prendiéndose fuego, las hojas desgarradas por la impiedad. Podría dormir eternamente si no tuviera nada más, incluso podría dejar de clavar el cuchillo en mi piel intentando dibujar un camino alterno a esta película temporal.

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