sábado, 1 de febrero de 2014

Wonderland.

Me amenazaba con un palo, que me iba a pegar. Caminaba formando un círculo gritando que me iba a matar, reía insanamente diciendo que me odiaba mucho más. Alzaba el pedazo de madera en dirección a la tele, intentandola lastimar. Jugaba a insultarme porque realmente no le quedaba nada más.
Hubiera preferido que me mate.
Yo prendía el fuego y lo avivaba con un poco de veneno, sabía que igualmente me iba a quemar pero, no estaba dispuesta a suplicar. No iba a llorar, solo lo haría bajo extremo dolor, un hueso roto quizás. Que me quiebre los dedos, yo no voy a dejar de apuntar. Que me queme los ojos, yo no voy a dejar de mirar. Que me cosa la boca, yo no voy a dejar de hablar. Que me mate si es posible, que me elimine una vez más.
Ésta vez fue distinta a todas las demás, realmente temí por mi vida, por dejar de respirar. Podía escucharlo inhalar, podía escuchar como me quería asfixiar, cortando mi mala racha de justicia bucal.
Y en la oscuridad, veía la luz roja del alargue que usaba para conectar el teléfono y el despertador. La observé por siete horas sin perder el control, si dejaba de hacerlo, me iba a buscar.
Ya soy lo suficientemente grande como para sangrar, ya soy lo suficientemente grande para pegarte con un ladrillo y dejarte desangrar. Lo cierto es que jamás tuve autoridad.
Si algún día decidís mirar, hacelo por la ranura de la llave y te vas a encontrar no más ni menos con el pais de las maravillas bañado en soledad. Y con una Alicia rodeada de pastillas, abrazando al conejo muerto, degollado sin piedad.
Una Alicia desnutrida se quema con el cigarrillo que terminaba de fumar.
Sólo estaba recordando lo que ocurrió en un pasado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario