jueves, 6 de marzo de 2014

Feroz.

Y buscaba de dónde viene el mal, y lo buscaba mal, y no veía el mal que había en mi propia búsqueda. - San Agustín, Confesiones. Me quedé un rato más. En realidad, me quedé un rato más con toda la voluntad del mundo, a su propia orden. Lloraba en un rincón, porque hace diez minutos había podido vomitar la basura que no sacaba hace mucho tiempo. Y el me susurró un todo va a estar bien. Como si tratara de convencerse a si mismo, como si yo necesitara creerle, como si me aferrara a sus ojos llenos de nada. Solía fumar después de llorar, al menos un solo cigarrillo, pero ésta vez pronosticaba que iban a ser más cenizas de lo habitual. Escucharme llorar, me serruchaba los oídos. Escucharme llorar, no le molestaba en lo absoluto. ¿Qué vas a hacer? No en un futuro, aquí y ahora. Me sugería ver sangre, pero no podía, no merecía hacerlo ver, no debía, no correspondía. A la mierda las reglas. Intentaba con las manos apaciguar la ira que tenía, las agitaba y dibujaba en el aire, como si él pudiese entender mi idioma tan poco ortodoxo. No lo miraba a los ojos, soy totalmente incapaz de sostenerle la mirada. Mírame. Me susurraba mientras me colocaba su dedo indice en la frente para levantar mi cara anticipadamente. Pero, me quemaba y volvía a llorar. Creo en ti. Nuevamente sonaba como si tratara de convencerse a si mismo, por supuesto que yo no creo en mi. Rebusco en el piso la caja de cigarrillos, pero estaba vacía. La junto, y esquivando el muerto que había en el medio del salón, tiro la cajita en el baño. Abrí otra que llevaba en el bolsillo del pantalón negro que tenía puesto. Podrías matarme aquí y ahora, pero está bien no hay mucho para hacer.

Olvidaría crear personas con las cuales hablar, pero mi instinto no se deja amordazar. 

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